El dulce horizonte de lo comunitario.

La comunidad es el aquí, el ahora y el nosotros y para cada persona, este concepto forma parte de sus circunstancias de vida. Aún en este tiempo en que, como señala Bauman (2006) “lo macro pretende usurpar a lo micro”, no es posible entender el sentido de comunidad ni el de bienestar apartado de estas premisas.

Ahora, más que nunca, es tiempo de que los pequeños actos devuelvan la identidad perdida y, a la vez, el sentido de ser uno con los demás para evitar que el arquetipo de la moda globalizada arrase con la semblanza específica del sentido de pertinencia.

Aquí, es éste el lugar y no otro, en el que se vive, en el que se es y en el que uno respira. Aquí uno se construye íntegro porque este espacio tiene su propio aroma que encanta y su color genuino, que hace inmanente el acto de contemplar la vida.

Hoy, el aquí marca una oportunidad para pensarse como un ente refundador de una patria propia y auténtica, lejos de los símbolos y discursos demagógicos, que son ajenos y vacíos de sentido y que pretenden envolver con sus tentáculos a la sociedad de este tiempo.

Así, el el ahora es este tiempo y no otro. Si no es hoy, es posible que mañana sea menos posible ser. En este sentido, postergar el sentido de comunidad puede ser un síntoma de que el tiempo posmoderno, cual alud, pretende sepultar la utopía que mueve la voluntad y las ilusiones colectivas.

Mañana es solo la semilla que hoy está en las manos. Ahora que se está aquí y de un modo único, es tiempo de declarar que la comunidad tiene potencialidad para ser mejor. Para que ello suceda, hay que decidirnos: ¡ahora o nunca!

Por eso, el nosotros es la verdadera comunidad. Se trata de un pronombre fuerte e inclusivo y, bastante claro está, se antepone a los nombres propios de cada uno: Juan, María, Pedro……, que serán nadie, si no se conjugan en el nosotros. El nosotros siempre puede crecer y deberá crecer por obra y gracia comunitaria (Castillo, 2006). Es una manera de contraponerse, de rebelarse a los vientos de globalización, de ser alguien eslabonado a otros alguienes.

La comunidad es un manto que deberá cubrir a los niños de las escuelas, a los vecinos del barrio, a los caminantes que transitan por estas calles comunes, a las familias que se buscan entre sí, a los que creen en una mejor sociedad. Este acto de proteger lo comunitario, evitará que se cuele la indiferencia, de tal manera que el nosotros colabore en la construcción de esta casa común y nuestra.

Deberá nacer en nuestras entrañas una indignación, que como fuego queme y fermente la voluntad de no claudicar por hacer de este un mundo con un insondable sentido de comunidad.

Es ahora y aquí, para nosotros debe ser la utopía de pequeña comunidad, como un mundo fraterno llenos de otros entrañables, y debe cobrar vida (Arosteguy, 2007). Es urgente preocuparse y ocuparse para que la comunidad sea del nosotros, así como el nosotros de ella, cada día y en el que vivir sea un asunto de felicidad.

Mario L. Castillo
Economista

¡Comparte!

Comparte tus ideas