Cuando la educación tiene otro sentido.

Durante un viaje tuve la oportunidad de encontrarme con algunas autoridades de Tuxtla Gutiérrez en Chiapas, quienes me comentaron su preocupación por el nivel educativo en su estado, ya que se ubican en los últimos lugares a nivel nacional. Coincidido con esa preocupación desde que tuve la oportunidad de participar, en conjunto con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en México, en el fomento de los programas de habilidades socioemocionales a nivel medio superior.

Días después llegué a San Juan Chamula, una localidad a 30 minutos de San Cristóbal de las Casas, escondida entre la neblina y el frío de los altos de Chiapas. Me impactó la organización social, los usos y costumbres de esta comunidad autónoma, sobre todo en la mezcla de creencias religiosas (cristianismo, catolicismo y rituales mayas). Después de procesar lo observado con mucha sorpresa, inicié mi investigación sobre el tema que más me interesa, la educación.

¿Existen escuelas aquí? – fue mi primera pregunta al guía. Me respondió que las escuelas llegan hasta la preparatoria, pero pocos llegan a ese nivel educativo. Anteriormente, mi primer pensamiento hubiera sido juzgar la irresponsabilidad de las autoridades y de las familias al evitar que sus hijos e hijas se educaran para obtener un grado académico.

Sin embargo, me di cuenta de que la educación en estas comunidades es diferente. A sus habitantes les interesa preservar sus raíces, mantener la paz, lograr que las personas conserven sus roles en su comunidad, consumir lo que producen sus campos y muchos temas más, que en las escuelas difícilmente se podrían enseñar. También me sorprendió el hecho de que se debe solicitar un permiso para poder vivir en estas comunidades. Las mesas comunitarias deciden si los(as) foráneos(as) son bien recibidos o si deben de abandonar el pueblo. Parecieran actitudes radicales, pero sin duda los líderes de estos pueblos han decidido defender su autonomía y la forma como viven.

Un proverbio africano dice que para educar a un niño se necesita una tribu entera, algo que me pareció que aquí sucede. Quizás en estas tierras no son tan aplicables los derechos humanos, la igualdad de género y las currículas académicas, como sucede en gran parte del país. Lo que observé fue una gran cantidad de niños y niñas corriendo, jugando y riendo, algo que contrasta con sus pares que viven en las ciudades urbanizadas, inmóviles y atentos a las pantallas de sus celulares.

La educación en estas comunidades es diferente y muchos de los niños y niñas no van a la escuela, porque sus necesidades se atienden y se aprenden en el campo, en medio de la naturaleza, los animales, el respeto por la tierra. Las aulas tradicionales no les brindan herramientas para crecer en lo que sus mismas costumbres reconocen como importantes.

Creo que a muchas de estas comunidades no les importa estar en los últimos lugares de las tablas de evaluación educativa; quizás ni siquiera saben de su existencia. Al escucharlos hablar en sus dialectos totzil, maya o tojolabal y saber que las universidades que se encuentran en medio de la selva les piden a sus estudiantes hablar español, inglés y francés para poder graduarse de una licenciatura, pareciera más una agresión, puesto que los dialectos carecen de estructuras gramaticales. Sin embargo, estas lenguas están enriquecidas con una enorme carga filosófica y espiritual.

Puede ser que estas comunidades no cuenten con un gran conocimiento acerca de una educación que nosotros consideramos como paradigmas del desarrollo o bienestar. Esto me compromete a sumar a mi práctica profesional el respeto por la interculturalidad de los pueblos mexicanos como un proceso de enriquecimiento social para entender que, ubicarse al final en una lista, puede ser algo muy valioso.

Carlos Lucio Ramos.

Escritor, Educación Recreativa.

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