Prevenir la violencia es como prevenir una enfermedad

Al menos dos cosas son ciertas en estos tiempos; la primera es que vivimos una epidemia por el SARS COV-2, la segunda es que sucede en medio de una de crisis de violencia generalizada en México, Latinoamérica y el mundo.  Para contrarrestar ambas epidemias, existe una gran herramienta: la evidencia.

Podemos definir “evidencia” como aquella información contundente que se genera gracias a un proceso experimental que comprueba que algo tiene un resultado concreto, al realizarse en uno o varios contextos.

Así pues, la enfermedad que aqueja al planeta entero, nació en una provincia de China y, hoy por hoy, muchos científicos en muchos países observan, experimentan y generan evidencia sobre cómo funciona, pero también sobre aquellas prácticas o medicamentos que podrían tratarla de mejor manera, para eliminarla o, en su defecto, paliar sus síntomas.

Algo parecido sucede en términos de seguridad pública y ciudadana a nivel mundial. En muchos países, y también en México, se procesan datos sobre la incidencia de los delitos, para crear modelos que nos ayuden a predecir escenarios o conductas antisociales y poder prevenirlas. En otras palabras, se genera evidencia para lograr combatir con inteligencia estos fenómenos.

Además del manejo de datos, también se analizan a las personas con mayor riesgo o propensión a generar violencia, para generar esquemas de intervención que cambien sus hábitos y, si éstos funcionan, contar con la evidencia de su efectividad y del tiempo que podría mantenerse dicho efecto.

En Jalisco, a través de la Agenda de Prevención de la Violencia (APREVIO) de Corporativa de Fundaciones, A.C., buscamos basar modelos de organizaciones en evidencia, que nos ayude a comprobar su impacto. De igual forma, buscamos que los gobiernos locales tomen decisiones, basadas en evidencia, de los comportamientos y conductas antisociales para generar mecanismos más efectivos de prevención, o al menos paliar sus consecuencias.

Desde 2018, y a la fecha, trabajamos con 4 organizaciones en sus procesos institucionales y con 3 modelos de intervención, todos dedicados a algún tema de prevención de violencia. Hemos dedicado 569 horas, distribuidas entre talleres y consultorías personalizadas en diferentes temas, con el objetivo de mejorar el uso evidencia en sus modelos y fortalecer la manera en que toman decisiones al interior.

Para fortalecer a estas organizaciones y modelos, en una lógica congruente, se aplicaron dos herramientas de evaluación[1] estandarizadas por USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional), que nos permitieron conocer si tenían un nivel básico o avanzado en sus procesos administrativos, de recursos humanos, legales, financieros y en el proceso para evidenciar el impacto real de sus intervenciones.

En resumen; la medición inicial de fortaleza institucional de las organizaciones estaba en un promedio de 52.5%. En 2018, y al término del proyecto en mayo de 2020, su nivel se elevó a un 83.5%.

En el caso de los modelos de intervención, el promedio de su capacidad inicial en 2018 era de 63.73 sobre 125 puntos. Al finalizar, en mayo de 2020 llegaron a un promedio de 94.58 puntos.

¿Qué significa esto y por qué es importante?

Primero, es importante contar con organizaciones que trabajan prevención de violencia, con procesos internos fuertes, lo que permite su permanencia y que la manera en que desarrollan sus intervenciones, sea más duradera.

Significa también que sus modelos pueden desarrollar resultados que pueden impactar positivamente en las poblaciones en las que trabajan, y que toda la información que generan, sobre la efectividad de su trabajo, puede ayudar a que las políticas públicas se modifiquen para bien.

Hoy en día, trabajar para la prevención de la violencia, para que sea atendida y erradicada, es una labor que requiere de inteligencia, de un abordaje amplio, comunitario, que empatice con la víctima, a la vez que entienda las motivaciones de los victimarios. Es indispensable también generar condiciones para la reinserción social de las personas que están en conflicto con la ley. Aquí es donde las organizaciones de la sociedad civil ya están haciendo un trabajo muy importante e interesante.

La seguridad pública es esencialmente un ejercicio de prevención y actualmente no es sólo un tema de policías. Los cuerpos policiacos son sólo un eslabón en la cadena de generación de seguridad y bienestar, una cadena en la que también la procuración e impartición de justicia tiene mucho que aportar para garantizar, en todo momento, el respeto y la restitución, según sea el caso, de los Derechos Humanos.


[1] Herramienta Organizational Performance Index (OPI) y Herramienta Escala de Buenas Prácticas (EBP) de USAID.

Joanna Torres y Francisco Franco

Equipo del programa APREVIO.

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1 Comment

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grifo monomando de cocina blanco con manguera extraíblereply
octubre 10, 2020 at 5:25 am

Buen articulo. Gracias por compartirlo con nosotros.

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